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miércoles, 19 de octubre de 2016

Historias de amor jamás contadas n* 3

A medida que se acercaba la hora de partir,  ella iba sintiendo como su corazón se desgarraba hasta romperse en dos partes,  una se la llevaría él con su partida, la otra sólo podría subsistir con la esperanza de volver a unirse con la mitad que le faltaba.

Iban en un taxi camino al aeropuerto, ella miraba de reojo por la ventana,  no quería que él viera sus ojos aguados, y no quería mantener contacto visual, porque se iba a perder otra vez en el bosque de sus ojos,  cuando de repente él le dijo: -No se vale estar triste.- la conocía tan bien que podía sentir exactamente lo mismo que ella,  ese dolor inexplicable.

En ese momento se le escaparon dos lágrimas tibias y saladas,  las cuales apresuró en secar y sonreír,  entonces sí vio su mirada,  luminosa,  y pensó que por qué no podía vivir en esos ojos. Recordó esa canción de Amaral, "si pienso en ti siento que esta vida no es justa,  si pienso en ti y en la luz de esa mirada tuya".

Se le escapó un suspiro profundo, como si su corazón necesitara aire  para aliviar su dolor. -No vale suspirar princesa.

Sonrió, y al hacerlo ella, lo hizo él también.  - Necesito tu sonrisa como un sediento en el desierto.  Eres mi agua princesa.

Al llegar al aeropuerto se despidieron durante una hora,  besos tiernos,  pausados, apasionados y también tranquilos.  Sinceramente se amaban, si era verdad que existían las almas gemelas,  ellos se habían encontrado, pero ella sabía que era el tiempo equivocado,  la manera equivocada y la distancia equivocada.  Así que en su corazón, la mitad que aún le pertenecía,  le dijo un adiós para siempre, aunque sus últimas palabras mirándole a los ojos fueron,  adiós mi amor, te quiero.

Todos los recuerdos
Al llegar a casa lloró toda la tarde,  lloró por la noche hasta quedarse dormida y a la mañana siguiente lloró más aún.  Tenía el teléfono en modo avión,  por lo que no vio las 20 llamadas perdidas ni los mensajes de quien fuera el amor de su vida.  Se levantó,  débil,  le faltaba energía y tenía el corazón roto en mil pedazos.  Era el momento de decirle la decisión que había tomado,  después de haber pasado el mejor fin de semana de sus vidas,  y después de meses y meses de vivir borracha de amor,  literalmente.

El dolor de la última separación había sido determinante,  no podía seguir viviendo así,  pasaban de la euforia de la espera, el subidón de estar juntos a la muerte de la separación.

Cuando por fin contestó al teléfono,  su voz se entrecortaba por el dolor. - Mi amor,  no podemos continuar y no tengo valor para decírtelo a la cara,  no podría, lo sabes - lágrimas empezaron a inundar su cara y sus palabras parecían incoherencias- no podemos seguir,  lo sabíamos desde el principio.  Y te quiero con toda mi alma.

-y yo a ti, eres mi mundo. No me dejes solo.

Ella sintió que se moría,  pero no había marcha atrás.  La decisión estaba tomada.

En su silencio él pudo entender que ya no había nada que hacer, ella en su corazón ya lo había dejado marchar.

- Está bien mi amor- le dijo con voz muy suave- todo va a estar bien.  Pero nunca olvides que te amo con todo,  con todo lo que soy,  no lo olvides,  y tampoco olvides que conocí el amor gracias a ti.  Eres maravillosa,  simplemente maravillosa.

Dicho todo esto,  colgaron. 

Jamás se han vuelto a ver, ambos han seguido subsistiendo.  A veces ríen con otras personas,  han seguido adelante como han podido.  Pero nadie nunca sabrá jamás,  ese amor tan grande y tan profundo que llevan dentro,  que tan sólo con un roce se despertaría el volcán que vive dormido dentro de ellos. 

Nadie sabe como acabará la historia. Ella a veces se queda en silencio mirando al infinito,  recordando y, en el fondo,  esperando a que regrese,  como esa canción de La oreja de van gogh,  mil rosas para mi...

Él,  tras superar una depresión, rehizo su vida con una persona afín, pero algunas noches, bueno, todas las noches,  cuando está en la cama a punto de dormir,  no puede evitar susurrar de manera imperceptible "Buenas noches princesa", llevando en su pecho el recuerdo de ese amor,  que no morirá nunca.  A veces se acuerda de ese bolero que dice: si tú me dices ven, lo dejo todo.

Y al escribir esta historia yo recuerdo esa canción que dice: y así pasarás la vida entre risas y alegría... ay, la vida.