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lunes, 11 de julio de 2016

Todo tiene un sentido en la vida.

Dentro de unos días será mi 11° aniversario de boda.  Sí, aún sigo casada con el padre de mi hija, pero eso está a punto de cambiar.

Yo me casé con un hombre bueno, trabajador, detallista, agradable y muy guapo, para muestra un botón,  hicimos una hija preciosa y muy buscada y deseada.

Me casé con 21 años, enamorada, ilusionada, con fe en el amor,  y con la idea de que iba a ser para siempre.  Él también tenía esa idea en ese momento,  y no dudo de que sus palabras fueran ciertos,  pues sus hechos durante algún tiempo demostraban su intención. Me quiso mucho, a su manera, y yo también. Dos chicos de 21 y 26 años casándose...

Tuvimos un hogar muy bonito donde por un tiempo fuimos muy felices,  al menos mi felicidad era real, no lo teníamos todo, pero no nos faltaba nada, y vivimos momentos realmente difíciles juntos, pero también muchísimas alegrías,  por eso cuando la gente me pregunta si siento odio por mi ex, soy incapaz de odiarle,  porque fue una persona importante en mi vida, y es el papá de mi niña, ese vínculo nos une, además vivimos juntos muchas cosas hermosas.

Con el tiempo yo fui evolucionando,  creciendo y madurando, pero él no,  las diferencias crecieron y los problemas también.

Llegamos a un punto en el que teníamos vidas y objetivos distintos, yo desconocía muchas cosas sobre él, y él no podía comprenderme. Ni mis pensamientos, mis sentimientos, mis necesidades,  ni mi lenguaje, ni mis objetivos,  ni mi evolucionada manera de ser.  Y los problemas seguían creciendo.

Nunca hablé de esto, pero hará cuatro años  este mes de julio que todo se rompió de manera traumática para mi,  viví un infierno real, y lo peor es que en el trabajo estaba viviendo otro infierno gracias a cierta persona, no tenía paz ni en casa ni en el trabajo,  suerte de los niños del parvulario y de mi hija, que me daban esa chispa de esperanza y muchísimo amor, que tanto necesitaba.

Debido a esos problemas en el trabajo, no pude refugiarme en nadie, y dejé de confiar en mis supuestas compañeras de trabajo (a excepción de algunas, y ellas saben quienes son, desde aquí todo mi agradecimiento). Lo que quiero decir con todo esto es que nunca sabes cuánto eres capaz de resistir hasta que no tienes otra opción.

Escribo todo esto porque es una manera de sacar de dentro eso que quedaba ahí, restos de todo.
En aquel proceso difícil que estaba pasando sólo Dios puede saber hasta qué punto el daño tuvo alcance.  De repente toda mi vida se desmoronó delante de mi sin que pudiera hacer nada.

Lloré, lloré y lloré durante meses, luché,  luché y luché durante meses con la esperanza de que todo se restauraría, y todo quedaría en un mal recuerdo.  Los que me conocéis sabéis que cuando lucho por algo lo hago fervientemente y sin descanso,  pero cuando suelto en banda algo, no vuelvo ni siquiera a mirar para allá.  Y así fue.

Ahora mismo doy gracias a Dios por todo lo que pasé, y no,  no es que me haya vuelto loca,  simplemente esas experiencias me hicieron (casi) invencible:

- Aprendí a relativizar la vida, nada es tan grave como para echarme el peso del universo encima, nada es tan complicado que no pueda resolverse, y sé que cualquier cosa que me presente la vida,  soy capaz de salir adelante, porque ya lo he hecho antes, victoriosa y renovada. 

- Aprendí que Judas antes de ser traidor fue discípulo,  caminó con Jesús,  viajaba con él y los demás,  trabajaba con él y, sin embargo, le dio el más hipócrita de los besos, y por dinero entregó a Jesús en manos de los fariseos.  A mi me pasó lo mismo, por lo tanto, se me hace difícil confiar en según que personas.

- Aprendí a separar la zizaña del trigo,  pero hacerlo de manera mental,  ejercito más la observación.  No confundas mi silencio con falta de información o de opinión, no siempre el que calla otorga, sino que soy muy dueña de lo que callo.

- Aprendí a convivir en medio de la zizaña, siendo trigo,  sin que me robe la paz, estoy por encima.  No es que todo me da igual, o que soy insensible a las cosas que suceden ni a que estoy por encima de esas personas que provocan situaciones incómodas,  pero me acuerdo de las veces que lo he pasado mal y pienso que en realidad esto no es nada.

- Aprendí quien es familia y quien es amigo/a, en esos meses de turbulencia no tuve que navegar sola,  mi familia y mis amigos íntimos me acompañaron sin agobiarme, sin dictar lo que tenía que hacer o dejar de hacer,  sin juzgar,  sólo con amor, cariño, compañía y atenciones. 
- Aprendí que no era tan dura como creía ni tan frágil como me veían,  yo siempre me he visto a mí misma muy fuerte, capaz de todo,  pero mi familia siempre me ha visto como una niñita a la que se tiene que proteger para que no llore, para que no sufra y sobretodo para guardarla de todo mal.  Ellos siempre han sido así, y en este caso no sirvió de mucho, ya que esa casa de cristal que habían construido para mi se rompió, y además me corté con los cristales.  Pero me recuperé,  ellos aprendieron que no soy tan frágil, y yo aprendí que no soy tan fuerte.

Mi hermana,  mi madre, mi mejor amiga y familiares lloraron conmigo,  y eso no se me olvidará por los siglos de los siglos amén.

- Aprendí que los cambios no son fáciles pero sí necesarios,  a veces no sabemos lo bien que estamos hasta que no sucede una cosa grave,  entonces nos decimos que qué bien estábamos ayer. De verdad? No sería mejor apreciar cada día sin incidentes en vez de quejarnos y no solucionar nada.  Cuando la vida te cambia sin que tú desees que sea así,  es mejor no poner demasiada resistencia, porque sólo obtendrás frustración,  hay situaciones que te empujan a cambiar,  si puedes luchar hazlo,  pero si ves que no hay solución,  cambia,  seguro que como me sucedió a mi,  con el tiempo verás que ese cambio fue lo mejor que te pudo pasar.

- Aprendí que no hace falta un hombre para sobrevivir,  aunque el papá de Gabi siempre se encargaba de cambiar bombillas,  pintar la casa, arreglar todo y además de planchar,  y muchas veces cuando arreglaba algo me decía: ven, te voy a enseñar cómo se hace para cuando yo no esté, a lo que yo le respondía,  tu siempre vas a estar conmigo.
Cuan equivocada estaba!  Tuve a cambiarme mis bombillas, los muebles de sitio, e incluso, algunas veces, plancho la ropa.

- Aprendí que puedes dejarte consolar en medio de la angustia,  que se vale llorar si estás triste, que no siempre tienes la obligación de estar bien, y que va los que aman a Dios todas las cosas le ayudan a bien.  En mi caso,  cuatro años después,  hubiera estado encerrada en una relación sin futuro y con muchos problemas que no fui capaz de ver en su momento.  Pero después con cierta distancia pude reconocer todos y cada uno de ellos.  Eso me ayudó a dar gracias a Dios por no escuchar mis súplicas en aquel momento.

- Aprendí de mis errores.  En una relación cuando hay problemas no es culpa de una sola persona. En cierta medida ambos tienen la culpa.  Yo cometí muchos errores durante mi matrimonio,  muchos. Y he podido aprender,  espero que él también lo haya hecho, y que ambos podamos construir en el futuro relaciones (cada uno la suya) sanas y maduras a partir de la experiencia.

Muchas personas pueden pensar que hoy por hoy me arrepiento del paso que di 11 años atrás, pero no.  No me arrepiento.  Ese paso me llevó a conocer al gran amor de mi vida para siempre,  mi hija Gabi,  si no la tuviera conmigo mi mundo sería gris.  No me importa no poder rehacer mi vida,  no me importa el gasto de energía que supone criar a una criatura sola,  no me importa el dinero que tenga que invertir (el dinero está hecho, como dice mi amiga Betania), no me importa que la gente me juzgue sin conocerme,  no me importa lo que puedan pensar de mi.  Lo único que realmente me importa en esta vida es que mi pequeña sea feliz, que crezca sana,  y que sigamos igual de unidas.

- Aprendí a coger las maletas.  Aquel verano me fui de viaje con la niña por primera vez sola.  Tenía mucho miedo,  ella sólo tenía dos años y poco, y era un bebé.  Nos fuimos a República Dominicana a pasar un mes,  y desde entonces no hemos parado de ir por el mundo. Y seguiremos...

- Aprendí que la vida es variable y que no todos los planes salen bien,  y no pasa nada. Se vale cambiar de opinión, se vale cambiar de rumbo,  y si no estás bien, también se vale buscar una mejoría,  aunque eso suponga muchas veces dejarte la piel en el camino.

- También aprendí que todo pasa.
Nada dura para siempre, por difícil que veas la situación, siempre hay un mañana y el sol sale.  Nunca pierdas la fe ni la esperanza.

Durante estos cuatro años he conocido personas maravillosas, amigos que se van a quedar y otros que se han ido,  pero que han dejado un buen recuerdo. También he madurado bastante en muchos aspectos de mi carácter,  aunque me han quedado ciertas secuelas ahí dentro, muy escondidas,  que tengo que empezar a trabajarlas , y sé, a ciencias ciertas, que todo saldrá bien.  Todo saldrá bien, porque todo tiene un sentido en la vida.

Ehh, no estéis triste, porque yo no lo estoy, todo lo contrario,  estoy encantada porque puedo contar la historia y ya no duele.  Me siento afortunada porque mucha gente no tiene una segunda oportunidad ni una tercera ni una cuarta,  y yo tengo ante mí todas las oportunidades del mundo.

Dicho esto,  hace calor, no?  Disfrutad del verano