Martina estaba profundamente dormida, hasta que escuchó un ruido de cristales en el suelo y unas voces , entonces se le activaron todos los sentidos, sobretodo el de supervivencia y el de protección. Tenía en su habitación una llave para estos casos, podría haberla echado por dentro y llamar a la policía… pero su hija Brianna, de cuatro años estaba durmiendo justo en la habitación contigua, fueron unos segundos de pánico.
- Corre - se dijo rápidamente.
Tomó una caja de su mesita de noche, que tenía el reloj que había pertenecido a su padre, y el móvil.
Al entrar en el cuarto de su hija, la movió hacia el lado de la pared, se acostó al lado y fingió dormir, jamás había estado tan quieta en toda su vida
.
Rogaba a Dios para que su hija no se despertase, para que no hiciera ningún ruido, y ella, arropada, muerta de miedo, mantenía los ojos cerrados, lo más natural que pudo, aunque el corazón le latía a mil por minuto. En toda su vida había sentido tanto miedo, tenía la sangre congelada.
Escuchaba ruidos por la casa, un hombre le preguntaba al otro si estaba seguro de que no había nadie en la casa, el otro respondía que no, que la casa estaba vacía, o eso le habían dicho.
Entraron en la habitación de su hija, y al mirar dentro y ver a la mujer durmiendo al lado de una niña, el primer hombre le susurró al otro, que habían dos personas durmiendo, en ese momento se le congeló hasta el alma. Imaginó el peor de los escenarios, pedía a Dios por sus vidas, sobretodo por su niña, se sentía tan impotente, tan frágil, tan pequeña, indefensas ambas, y las lágrimas corrían por su cara, no las podía contener, tenía cero control de lo que podría suceder.
Pero tú has visto la foto del salón, esa mujer está buenísima, susurraba el primer hombre. Ese fue el momento en el que se le detuvo el corazón y casi se le escapa el llanto que llevaba minutos detenido, y tapando con sus manos debajo de la sábana, temía que su cuerpo la traicionase con temblores.
Calla! No ves que hay una niña pequeña ahí ¿Estás loco? O eres un enfermo? Vámonos antes de que se despierten.
Pudo respirar un poco, se quedó como una estatua por un tiempo que no supo calcular.
No escuchaba nada, pero el miedo la había paralizado y no se atrevía a moverse. Perdió la noción de los minutos, no sabía cuánto tiempo había pasado cuando se atrevió a moverse con mucha cautela, pues pensaba que aunque había pasado un tiempo largo sin escuchar nada, estaba arriesgando su vida y la de su hija.
Salió al pasillo y encontró la maleta que había dejado ahí abierta porque había decidido volver una noche de Blanes, de casa de su hermana, para no encontrar tanto tránsito al día siguiente.
Se culpaba por la decisión que había tomado, sólo por haber cambiado de idea y en vez de volver al día siguiente como lo había planteado desde el principio, decidió volver un día antes, maldijo una y otra vez el momento en el cual había tomado esa decisión.
Se derrumbó y lloró, lloró con desesperación, con rabia, con impotencia, cuando entró a su habitación y vio todos los cajones abiertos y la ropa en el suelo, incluso el armario, donde guardaba una cajita con las joyas que su abuela le había regalado antes de morir, cómo iba a recoger todo eso, se preguntaba, cómo se iba a enfrentar lo que seguía, qué hacía la gente en estos casos, no sabía qué tenía qué hacer en ese momento, solo lloraba. Bajó a la realidad por un momento, como quien se cae de la cama, llamó a emergencias.
Llegaron con una ambulancia, porque al oírla, la operadora al principio no entendía nada, solo sollozos y algo sobre un robo y a duras penas la dirección, entendió que necesitaba ayuda médica.
Explicó lo que había pasado, pero como quien lo explica fuera de su cuerpo, aunque le hacían preguntas estúpidas sobre si había visto a alguno de los ladrones. Ella repetía una y otra vez, que creía que iban a morir, que estaba viva gracias a Dios, que pensaba que las iban a matar esa esa noche, o quizás algo peor antes de morir.
Estaba en shock cuando llegaron, solo decía que su hija estaba aún durmiendo. Los sanitarios le tomaron la tensión, la cual estaba disparada, le dieron un lorazepam con una tila para tranquilizarla, ya que no podían llevarla al hospital. Le decían que estaba durmiendo tranquilamente y que ella estaba bien, se habían ido y que ella estaba bien.
Cuando un policía le daba una copia de la denuncia para entregar al seguro, y le comentaba los que tenía que pasar por comisaría para firmar unos papeles, le explicaba los pasos que tenía que seguir. Pero; pero ella oía todo sin escuchar nada, eran como voces lejanas que estaban cerca, asentía sin saber qué le estaban diciendo.
Su hermana Susana llegó desde Blanes, era su contacto de emergencia, a esas horas, debía ser como las seis de la mañana, ella no estaba segura, entonces le explicaron todo a su hermana, quien tomó a la niña en brazos cuando se despertó.
Repararon la ventana con más refuerzos, pero ella colgó un "se vende", a pesar de haber reforzado todas las entradas.
Tomó la baja laboral y tuvo que ir a un par de sesiones con un psicólogo especializado.
Esa tarde decidió ir a la cafetería dónde siempre tomaba el café de las 9:30h de la mañana, que era la hora en la que aprovechaba para hablar con su hermana y algunas amigas...
Al servirle su café con leche de avena, no muy caliente y con azúcar moreno, pudo ver en el dedo de la camarera un anillo suyo que estaba entre las joyas de su abuela, un anillo de plata con una piedra de aguamarina. La miró a los ojos y sonrió.
Pero se le congeló la sangre cuando detrás suyo escuchó un grupo de chicos hablando y riendo, y entre ellos distinguió la voz de unos de los que entraron en su casa. Tomó el teléfono evitando temblar, marcó el 112, y dijo Susana, llevo ya 10 minutos esperándote, te he dicho muchas veces, en la cafetería Spigas, que está en la calle Sandoval 10. Le respondieron, ahora vamos para allá.